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¿Cómo educar a nuestros hijos e hijas para la diversidad?

diversidadEducar en y para el reconocimiento de la diversidad no es una tarea simple. Amerita de aprendizajes que no se logran con un solo encuentro. Sobre todo cuando pertenecemos a una cultura que NO brinda la suficiente flexibilidad y apertura para aceptar valores, costumbres, hábitos, miradas y tonalidades diferentes.

Para educar en y para la diversidad hay que enseñar a mirar de frente. Hay que enseñar a que NO se puede ir por la vida dando la espalda y diciendo: «No me importa”. La educación en y para la diversidad está llamada a instalar expresiones y comportamientos que dicen: «¡Sí, esto me incumbe!». Sólo así la educación se hará eco del primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que, además de reconocer que todos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos, nos exige comportarnos fraternalmente los unos con los otros.

Una educación en y para la diversidad tiene que estar basada en argumentos normativos, éticos y políticos que muestren que sólo en una sociedad respetuosa y promotora de la diversidad es posible construir una democracia en donde todos y todas tienen el derecho a decir su palabra, a deliberar lo público desde perspectivas distintas, y a eliminar las discriminaciones.

En nuestro país, a pesar de que la palabra “diversidad” ha sido utilizada en múltiples contextos, incluyendo el sector educativo, encontramos discusiones y discursos atrasados, sobre todo cuando se toca el tema de la sexualidad humana.

Encontramos una gran variedad de discursos interesados, cargados de odio, miedo y prejuicios. Muchas personas sufren la discriminación y el estigma que esos discursos construyen y ven amenazada u obstaculizada la realización (e inclusive la construcción imaginaria) de su proyecto de vida, producto de las trabas, las agresiones y el desprecio que esos discursos promueven.

[box type=»note» border=»full» icon=»none»]Los niños, niñas y jóvenes que presentan rasgos homosexuales y/o transexuales (frecuentemente por juicios de un tercero) son quienes más crudamente viven esta realidad. Tenemos que tomar en cuenta que la escuela es el lugar donde pasan la mayor parte de su tiempo, y es el lugar adonde van a buscar información, conocimientos, valores. Sin embargo, muchas veces, en la escuela rige la ley del silencio, que manda que “de eso no se hable”. Con frecuencia, incluso, la escuela asume una actitud de censura o expulsión que, en vez de combatir y contrarrestar el discurso del odio y la ignorancia, lo refuerza.[/box]

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La mayoría de esos niños, niñas y adolescentes, en un país como el nuestro, no cuentan con una familia que pueda acompañarlos y brindarles el afecto y la información que necesitan para procesar las vivencias que los ponen en contradicción con las expectativas de la propia familia.

Los alumnos gays, lesbianas, bisexuales y transexuales existen. Cada día también vemos más hijos e hijas de familias formadas con padres o madres del mismo sexo, o familias homoparentales, como se conocen en la modernidad. Muchos son también los alumnos de ambos sexos que se cuestionan su sexualidad, que tienen dudas acerca de su orientación… ¿Podríamos afirmar que con ellos se está cumpliendo el mandato constitucional del derecho a la educación en igualdad de condiciones?

Los profesionales de la conducta hemos manejado miles de casos de alumnos y alumnasexpulsados de sus colegios o escuelas a causa de su orientación gay o lésbica. También hemos visto casos de jóvenes que no se atrevían a asistir a clase por el acoso al que eran sometidos por sus compañeros; jóvenes que asumían el fracaso escolar como un mal menor, casi liberador. También hemos visto como en algunas ocasiones, ese acoso era cometido por los profesores o por la propia dirección del centro estudiantil. Hoy día, este acoso y abuso se conoce como “bullying”, pero igual, los profesionales que abordan el tema constantemente, obvian el hecho que también se da por homofobia dentro de las escuelas, en el trabajo, en la sociedad y hasta en la propia familia. Desgraciadamente, cada vez más tenemos noticias del suicidio de algún adolescente que, angustiado ante la sospecha de su propia homosexualidad, no encontraba respuestas ni en su familia, ni en el sistema educativo.

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Si sumamos a esto, lo que algunas investigaciones anglosajonas plantean de que dos tercios de la población lesbiana, gay, transexual y bisexual (LGTB) ha sufrido algún tipo de violencia o acoso en sus centros escolares, o que el 60% de los adolescentes LGTB se encuentran inseguros en sus escuelas, se nos presenta una situación bastante preocupante.

Esta negación del sistema de reconocer la diversidad en toda su plenitud, y de asumir la responsabilidad que la constitución le atañe tiene un solo nombre, se llama: “homofobia”.

La homofobia está relacionada con otros tipos de fobias sociales como el racismo, la xenofobia (odio a los extranjeros), la misoginia (rechazo a las mujeres), etc. Pero existe un elemento especial que diferencia a la homofobia del resto de las fobias, y esta diferencia se refiere a que las personas que son víctimas del racismo, generalmente cuentan con entornos de referencia, que les sirven de protección primaria, por ejemplo, su familia. Es decir, que un niño o niña de piel negra, o sencillamente una niña que sufre la discriminación de compañeros de escuela racistas o misóginos, podrá contar a su lado con su padre y su madre, sus hermanos, sus demás parientes e incluso con su colectividad.

Para las niñas, niños y adolescentes homosexuales o transexuales, la familia es muchas veces el primer enemigo. Esto tiene implicaciones muy particulares en el plano psicológico.

También existe un importante déficit en la libertad de los profesores para vivir libremente su orientación homosexual y así servir de referentes positivos de la diversidad afectiva y familiar, tanto a sus alumnos LGTB como a la comunidad educativa en general.

Queremos compartir un estudio realizado por la Comisión de Educación del Colectivo Gay de Madrid en colaboración con el Departamento de Antropología Social de la Universidad Autónoma de Madrid, en el cual se ponen de manifiesto una serie de problemas que requieren una decidida respuesta por parte de la comunidad educativa.

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Estos problemas son muy similares a los que estamos enfrentando en nuestras escuelas:

  1. La homofobia es una realidad en nuestro sistema educativo. El miedo de los adolescentes LGTB a aceptarse y/o hacerse visibles está más que justificado.
  2. Existe un alto grado de desconocimiento de la realidad LGTB entre alumnos, pero también entre educadores.
  3. Se aprecia un profundo desconocimiento de temas básicos de sexualidad, como es la diferencia entre sexo/género/orientación sexual/prácticas sexuales.
  4. La invisibilidad de la sexualidad en general y de las sexualidades minoritarias en particular, es notable, dejando que los alumnos desarrollen prejuicios e ideas equivocadas.
  5. Se observa una preocupante pasividad en algunos profesores y orientadores, no sólo ante la sexualidad, sino ante los casos de acoso por motivo de orientación sexual o identidad de género.[/box]

En nuestra realidad, a esta lista tendríamos que sumarle la libertad de directores y directoras de centros educativos, así como de maestros y maestras dentro del aula, para dictar sus propias reglas, promover sus propios valores y transmitir sus propios prejuicios a alumnos y alumnas. Prejuicios comúnmente basados en fundamentalismos religiosos ortodoxos, disfrazados de prédica moral.

La escuela es uno de los lugares privilegiados en la construcción de la identidad individual de niños, niñas y adolescentes. También es uno de los lugares por excelencia en la construcción de los valores que forman la identidad colectiva de un país.

Entonces, un sistema escolar adecuado, que quiera educar en y desde la diversidad, debe basarse en una filosofía educativa que sostenga el verdadero valor de la diferencia, que reconozca y acepte la diversidad, que respete los derechos humanos y la dignidad de los alumnos y alumnas.

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