¿Cuándo debo educar a mis hijos sobre sexualidad?

Hay una fórmula que durante mucho tiempo ha sido generadora de ansiedad, manos sudadas, cerradura de tráquea instantánea, tartamudez, enrojecimiento del rostro y latidos fuertes del corazón; es precisamente aquella que une en el mismo espacio y tiempo las preguntas sobre sexualidad y a nuestros hijos. Entonces nos surge, instantáneamente… ¿Cuándo debemos iniciar la educación sobre temas de índole sexual con nuestros hijos e hijas?

Pensamos que siempre estaremos listos para abordar estos temas, incluso somos capaces de comprar literatura pertinente sobre cómo instruir a nuestros pequeños sobre estos tópicos, pero cuando llega “la gran pregunta”, desde el primer día, tambaleamos.

Entendemos que esta condición es necesaria y común, ya que al responder preguntas relacionadas a la genitalidad y sus funciones nos exponemos constantemente al escrutinio de nuestros propios hijos, estamos transparentes frente a su sed de conocimiento. ¿Por dónde empezar? Muy sencillo: por el principio, como dice un viejo adagio chino. Cuando nuestros hijos se nos acerquen con interrogantes de este tipo lo primero que debemos hacer es preguntar: ¿Qué piensas tú que es? o ¿Para qué crees tú que es? o ¿Qué piensas tú sobre eso? De esta manera podremos medir el nivel de información que poseen ellos y saber cuál es la verdadera necesidad del momento, luego, por supuesto, no tener miedo. Si sentimos pánico nos hacemos presa fácil de los errores, pero debemos a la vez analizar que el miedo es aviso importante sobre la situación.

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Respirar profundo y luego prepararse para responder es una pauta asertiva de inicio. Si entendemos que aún no estamos listos, sería más conveniente ser honestos y decirles que entendemos su necesidad pero que nos gustaría tener tiempo para pensar y que le contestaremos luego, de esta manera se ganará tiempo de analizarlo y, sobre todo, ponerse de acuerdo con la pareja o algún ayudante de la crianza para que eso que se diga tenga un aval, ya que generalmente los niños y niñas cuando tienen una información nueva la corroboran con otras personas de confianza.

Si por el contrario prefiere contestar de inmediato recuerde que solo debe concentrarse en lo que se le está pidiendo, no llegar más allá de la información solicitada, ya que al final puede traer confusión en el niño o la niña.

Lo importante siempre es que responda la verdad en su justa medida y aprovechando la oportunidad para hablar de los valores familiares y tradiciones, ya que esta es una buena oportunidad de sembrar una semillita de sabiduría en su hijo o hija y es de sabios partir de la verdad para llegar al aprendizaje verdadero.

Definitivamente debemos iniciar a educar sexualmente a nuestros hijos desde que se observan indicios de tener un lenguaje, o sea, desde el momento en que a través del lenguaje gestual se empiezan a tocar sus genitales queriendo entender que parte de su cuerpo es esta, ya que todo comienza con la necesidad de autoprotegerse, pero no podemos proteger algo que no conocemos, y los primeros educadores sobre el físico del bebé son los padres.

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En la primera infancia (de 0 a 3 años) lo principal es la identificación y el nombre, al igual que diferenciamos otras partes del cuerpo, que vea la genitalidad (que se refiere únicamente a los genitales) como un aspecto natural y parte de un todo llamado persona y la protección que esto conlleva.

Luego, entre los 3 y 6 años, viene la curiosidad sobre la utilidad, la especificidad, lo que diferencia cada parte y para qué sirve, cuál es su uso y cómo y de quien se debe proteger, sin alarmas innecesarias, de una manera directa, pero buscando suavizar la crudeza.

Después de los 7 hasta lo que sería la pubertad viene la necesidad de saber cuando, donde, con quien, preferencias, posibilidades y protección. Es una etapa en la que casi no preguntan directamente, pero si hemos creado la base en las primeras etapas, esto nos ayudara para poder comunicarnos porque es nuestro deber y derecho hacerlo.

Debemos observar siempre las actividades, las conversaciones (respetando la privacidad) de sus hijos, para que pueda de una manera pertinente hablar sin derrumbar la línea que hay entre un oyente y orientador a la de un amigo y contemporáneo.

Podemos intentar poner siempre nuestro sello personal a la información que le vamos a dar a nuestros hijos. Estas permitirán que de adultos no cometan algunos errores y que sean personas más justas y mejores informadas para que de esta manera obtengan una mejor calidad del placer y de la vida.

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