El amor es ciego, sordo y mudo

“El amor todo lo puede, todo lo perdona, todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. La pregunta clásica sería si realmente todo quiere decir “todo”, porque hay cosas que son inaceptables, inexcusables, y la respuesta es que sí existe un amor verdadero, no cualquier amor, no el que se ve con los ojos de la cara, no es un amor objetivo, ni visual, ni racional. Para que todo quiera decir “todo”, tiene que existir como condición absoluta que entre ambas partes exista un amor verdadero; el que se equivoca, pero sin intención de dañar, es un amor ciego, porque parte de la verdad, de la sinceridad, es el que enmienda errores.

Si además de ciego, de dejar de ver pequeñeces, de dejar de oír insensateces, y las noticias que otros cuentan; se deja empapar de valores como la confianza y el diálogo, permitiendo que sean los que construyan un nuevo modelo llamado “comunicación”, veremos que sin alejarse del medio, de la gente, de los amigos y amigas o familiares, hacen que lo más importante sean dos, un par, una pareja, que decidió quererse en base a afectos e intereses propios y definidos por ellos mismos.

Hacer sordo un amor ciego es dejarlo guiar por los afectos. No se aísla de los otros, pero establece sus criterios de supervivencia sin que las interpretaciones, las críticas malsanas, las informaciones indebidas le perturben. A esa sordera nos referimos, la que selectivamente oye lo que construye.

Ahora, la pregunta es si debe ser mudo también, y la respuesta es sí; el amor verdadero es mudo, pero es otro tipo de mudez, es la comunicación abierta que se hace muda ante lo innecesario, que no hace grande y tormentoso lo que puede ser pequeño y pasajero.

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Puede ser amor de novios, pero también de amigos o amigas, o de familiares. El amor no es patrimonio exclusivo del noviazgo o el matrimonio; todo lo contrario, en ellos encuentra el nido donde se manifiesta y adquiere su máxima expresión.

Un amor racional es matemático, calculador, desconfiado. Obra por intereses propios, y al final se descubre que en vez de buscar al otro, se busca a sí mismo, es a él o a ella a quien quiere encontrar, es la búsqueda del yo en el otro, y eso no tiene valor, porque es egoísta, y el amor no es egoísta.

El sentimiento que hemos llamado un amor que sea ciego, sordo y mudo, no evita las diferencias, ni las situaciones difíciles, todo lo contrario, su base tiene que ser el diálogo, la comunicación, la observación, la sensatez, pero desde una ceguera selectiva, una sordera intencionada y una mudez premeditada, que permita discernir lo bueno de lo malo para decidir a favor de lo correcto.

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En tiempos modernos como los que vivimos, deben haber formas nuevas de amarse. Un mundo tecnológico, de amores por internet, de comunicaciones virtuales, aumenta la cercanía, multiplica la comunicación, desarrolla la posibilidad de verse a través de las cámaras de las computadoras o los celulares; sin embargo, no permite unir las manos, dar el abrazo ni prestar el hombro para que alguien apoye su cabeza.

Esa es la oferta de la nueva racionalidad del amor moderno, pero es su tumba, porque si bien lo hace más fácil, lo hace menos real, menos humano. A estas situaciones no nos oponemos, hay que proponerles enmiendas que sólo las puede aportar el sentimiento, la comunicación y la expresión de los afectos.

Sin dudas, para que el amor moderno sea verdadero, debe hacerse el ciego, el sordo, el mudo y yo le agrego: “un poco el loco”. La finalidad del amor es perpetuarse, no marchitarse, ponerle cada día ropas nuevas; es lo que hoy llaman inteligencia emocional.

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