¿Quién es el responsable del placer?

El sexo es un instrumento de placer, pero a la vez un arma de destrucción emocional con lo que se premia o se castiga una vida de pareja. Si aceptamos que en una relación hay un encargado o responsable del placer del otro (y del suyo por supuesto) es un signo de que algo anda mal.

Una relación es de dos, se comparte en base a un elemento vinculante como es el amor y el placer, que permite compartir una vivencia erótica que se expresa en el placer, pero que no acaba con el orgasmo.

En última instancia, cada quien sería responsable no de su placer, sino de aportar su experiencia amatoria para intercambiarla con la persona amada. Si alguien tiene que responsabilizarse de que el otro u otra disfrute, ame, goce, es un signo de que algo anda mal en esa unión.

Históricamente, ha habido una distorsión desde la educación machista que asume al varón como el encargado de hacer llegar a su pareja al orgasmo, ni siquiera al placer, sino al orgasmo. Tremenda responsabilidad cuando sabemos que la respuesta sexual femenina es completamente distinta a la masculina.

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Imagínense que la erección ocurre a escasos segundos de recibir un estímulo adecuado, y que la lubricación vaginal, distensión y alargamiento vaginal para permitir una penetración ocurre muchos minutos después de que la mujer recibe caricias, estímulos, comunicación y que, por demás, tiene establecida una línea de comunicación favorable con su pareja.

Un hombre que tiene la pulsión o urgencia de eyacular lo antes posible y una mujer que exige un tiempo de preparación, y aún así la sociedad se encarga de decirle al hombre que es responsable de su placer y el de su pareja; ahí viene el desencuentro, lo que se llama “trastorno en la armonía”, y que trascenderá, seguramente, del ámbito de la cama.

Si el varón se satisface, requiere de un tiempo (periodo refractario) para poder tener otra erección (dependiendo la edad y el estado de salud que tenga). Hagamos un ejercicio imaginario: si el hombre penetrara y eyaculara desde el mismo instante que tiene ese deseo, entraría en un periodo refractario y querrá descansar; mientras que su pareja, justo en ese instante, estaría iniciando el proceso de entrada a la fase de excitación. Si el acto termina ahí, la mujer queda insatisfecha.

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Una vez se hizo una encuesta para demostrar la diferencia en las respuestas del hombre y la mujer y se preguntó a ambos: ¿Qué desearía usted hacer después de su orgasmo?, la mujer contestó: “Ser acariciada”, mientras que la respuesta más común en muchos hombres fue: “Irme a dormir en otra cama”.

En todo esto hay ignorancia de ambos. Nadie es responsable del placer de nadie, esto no es una competencia, y este planteo refleja una relación de dominación y sometimiento. Ella cree que depende de él, y si no lo consigue se calla, o se pelean o discuten por razones enmascaradas que nunca expresan la causa real. Él se frustra porque aunque no lo habla sabe que no llena las expectativas que les han asignado socialmente.

Muchas de estas razones explican el uso de estimulantes de la potencia sexual en jóvenes que no lo necesitan, porque su respuesta está íntegra, pero tienen una deuda social que los descalifica. Antes era el alcohol el que “ayudaba”, luego los estimulantes sexuales, y ahora la mezcla de ambos, ligados al no compromiso de vínculos afectivos duraderos y las consecuencias consabidas: embarazos no buscados, cambio frecuente de parejas, divorcios, entre otros.

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La pregunta sería: ¿Qué hay que hacer?

  • Educar en la sexualidad por todos los medios posibles.
  • Promover al comunicación sobre la vida y la respuesta sexual.
  • Desculpabilizar el sexo quitando la responsabilidad del placer de las manos de uno solo, cuando la relación es de pareja.
  • La relación sexual dura minutos, ocurre con una frecuencia de varias veces a la semana y el resto de horas, minutos y segundos los compartimos con el otro o la otra fuera de la cama.

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